23 mayo, 2012

Ya pasó la inauguración

De vuelta de Lisboa. Inauguración inmejorable. Semana inmejorable. 
Algunas notas:

-I-

Volver no es conformarse con la ida

Con ese regresar de nuevo al techo, a la morada,

Aquel espacio propio cargado de labor o de tranquilo,

Lugar en el que dices: mi casa, mi talud es quien me tiene.



Volver no es –ni siquiera- traer bajo el zapato otras historias,

-arenas, recuerdos polizones de ese sitio-,

La vuelta más parece un nacimiento, una conquista,

Un verse y exclamar: ¡no soy quien era!














Cualquier persona que esté interesada en conocer el catálogo con la obra completa expuesta así como la lista de precios no tiene más que ponerse en contacto conmigo (maralcram1@gmail.com) o directamente con la Colorida Art Galery (colorida@coloria.pt / 
Tel: 351 218 853 347)


09 mayo, 2012

Exposición en Lisboa

Queridas y queridos todos/as,
tengo el gusto de informaros de que el SÁBADO 19 DE MAYO inauguro EXPOSICIÓN de pintura en LISBOA. La hora aún está por confirmar(sobre las 19h) pero lo digo con antelación para que vayáis haciendo huequete en vuestra agendas y podáis disfrutar de una ciudad tan maravillosa. Pues eso.

07 mayo, 2012

Perder Países (El Periódico de Huelva)

Decía D. Miguel –de Unamuno, por supuesto- algo así como que el objeto en el hecho de viajar no era encontrar un destino sino huir del lugar de donde se partía. Y es curioso porque, hasta hace poco tiempo, yo también creía en lo mismo. “Se debe viajar cuando uno es lo suficientemente consciente del paisaje como para pintar sin mirar. Porque los demás paisajes serán iguales al nuestro, a diferencia de la condición de pertenencia que obliga a llamarnos por un nombre”. Hay muchas y variadas teorías en torno al sujeto viajero o al hecho de emprender tal hazaña. Pero la cosa –creo yo- está en distinguir la motivación de fondo. En descomponer lo que nos ocupa para obrar con pleno conocimiento de causa. Me explico. Viajar es un estar preparado para aceptar, un tener bien curtidos los sentidos, un querer ampliar los horizontes, un sentimiento de embargo que apenas dura lo que nos lleve el trayecto. Viajar es una toma de conciencia permanente, una forma de inclusión en lo desconocido, un aprender que Uno sólo es –valga la redundancia- Uno más. Así ¿hay momentos oportunos? ¿Citas oportunas? ¿Billetes oportunos? “Los viajes –decía Pessoa- son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”: una amalgama de cotidianos, de olores reconocibles, de creencias, de haceres habituales, paisajes en la retina, rostros amables –por conocidos-, sonidos tanto propios como ajenos. Por tanto viajar es obrar sin un fin. Sin meta. Los verdaderos viajes son los que parten de la falta absoluta de intención por “encontrar”. Los que se suceden sin aviso y sin reservas. Y son esos, precisamente, porque abandonan lo reconocible para saltar hasta el vacío más absoluto: el del yo sin memoria, listo para nacer de nuevo. ¿Quién -visto de este modo- se abandona al placer de lo completo, de aquello que nos llama sin reservas? Trotamundo, turista, aventurero. Sí. Pero llegar hasta el borde del mundo –de tu mundo- tropezado, huido, librado ya de la torpe necesidad de novedades no es tarea sencilla. He ahí la magia del tornarse excursionista para pasar a ser camino. ¿No se inician los viajes con un paso, un solo paso hacia delante?






23 abril, 2012

BEBER(SE)


MARTINI BIANCO


Corrígeme la vida si es que entiendes de

Esta luz intermitente que me sigue.

Apenas he aprendido a convencerme de lo hermoso

Y, en esas, esas mismas ha pasado

Tu mano como el resto de las cosas invisibles:

Oscuras,

A expensas de entenderlas o entender

Cuál es mi miedo.



Corrígeme la vida si así trazas

El camino.

Las cosas que son buenas, las que dicta

La memoria;

Y busca en mi respuesta, como antes,

Tus deseos,

Los frutos inmaduros de esa vida que pregonas.



Corrígeme la vida si es que sabes cuál es ésta:

Un gesto interminable de añoranza,

De todo lo que quise y, sin embargo, nunca tuve;

La flor ingobernable -¿nauseabunda?- del deseo,

Del hago sin pensarlo porque a veces, no sé cómo,

Presiento que he venido a este sitio a ser yo mismo.

09 abril, 2012

Mi artículo de hoy para El Periódico de Huelva

“EL MAPA NO ES EL TERRITORIO”

En este último tiempo parece que la tónica reinante es el cambio, los ajustes. Reforma tras reforma de lo que, en principio, ya estaba construido. Las distintas realidades salen a debate como en las subastas de las lonjas y “la pieza” se la lleva el mejor postor, el que más grita o más se impone. En este último tiempo –creo- todo se toma demasiado a la ligera. El cambio no es la ejecución sin uno mismo. Más bien todo lo contrario. Se requiere, de este gesto, un hondo compromiso con la vida, la propia. ¿Se han fijado? Podemos o pueden pelear eternamente contra una situación injusta –sea cual fuere- sin resultados aparentes. Enzarzarse o enzarzarnos en una diatriba infinita sobre lo que es más conveniente pero -¡ojo!-, en esta situación siempre se llega a un punto sin aparente retorno y es entonces cuando surge el desafío: se hace imposible cambiar una realidad cuando uno mismo –individuo o colectivo- permanece inamovible siglo tras siglo. ¿Se puede renovar sin ser flexibles? ¿Se puede innovar desde el encierro? ¿Se puede enjuiciar sin causas? ¿Podemos pedir sin conocer siquiera? España aún no ha aprendido que “el mapa no es el territorio”. Esto es, cada cual tiene dos ojos, cinco sentidos desde los que mirar el mundo y sus circunstancias. Y, por esta razón misma, cada una de esas visiones resultará diametralmente opuesta a la anterior o la que sigue. Entonces ¿cómo hablar de cambios generales, de ajustes para todos, de vida de conjunto, de medidas ejemplares, de “lo que debe ser”, cuando no hay nada común en las pupilas? De los grupos que se miran el ombligo, que no entienden que la lucha, la gran lucha se bate primero en campo propio no puede esperarse gran cosa. Quizá –eso sí- un tira y afloja infantil, de pataleo, que terminará muy pronto: justo cuando una de las partes convenza a la contraria de que su lucha es imposible. Así es que ¿no es mejor librar nuestra propia guerra antes de meternos con más ausentes de sí y de la vida?

02 abril, 2012

Mi artículo de hoy para el Periódico de Huelva

YA LO DIJERON ALGUNOS

Todos hemos oído hablar de libertad. De independencia, autonomía, emancipación del ser humano o las colectividades. De la facultad de obrar o no obrar según la inteligencia o el antojo y, sin embargo, en el leve salto del concepto a la práctica, se hace evidente la falta absoluta de verdad a este respecto. Hay –creo- una cierta confusión de planteamiento: se busca liberar a una manada cuando es uno, uno mismo, aquel que no ha cortado sus cadenas. ¿Cómo rescatar a las naciones, plantarse de cara al mundo atado –y sin saberlo- a nuestros propios sobresaltos? ¿Conocen a algún libre? Pongamos: libre es aquel que acepta sus límites sin culpar al resto de sus males; libres es aquel que respeta el espacio ajeno y la decisión ajena; libre es aquel que busca y, en ese buscar, olvida lamentarse; libre es quien escucha y quien aporta, quien distingue cuál es su sitio y su momento, quien sabe dar lo mejor de sí sin exigir nada a cambio. Libre es quien sabe disfrutar sin caer en la molicie del hacer en grupo, quien intenta  ser quien es sin esperar que le digan –bueno o malo-. Libre es quien, consciente de que puede andar más lejos, no teme encaminarse hacia adelante, sin “muertes” de por medio, con el firme propósito de crecer como persona y dar, a quien le toque, la parte mejorada de lo que va naciendo. Libre es quien trabaja en lo que ansía, quien lucha por ser alguien, quien dice lo que piensa sin temor a represalias; quien, a pesar de la vida, empuja, se levanta cada día con la firma convicción de que todo lo bueno es lo que aguarda. Por eso –ya decía- no he visto demasiada independencia y, a cambio, se exige del de enfrente los derechos; se culpa al más pintado de gestor sin objetivos; se piensa que es el otro el único culpable de seguir –tú lo consientes- sujeto al gran desastre de la vida. Ser libre es aceptar que el mundo es amplio, que en él es uno mismo el alto y más notable responsable.

04 marzo, 2012

No todo dura para siempre



Después de haber andado de rodillas tanto tiempo
Y haber -como mi sangre- corrido sin apenas observar

A dónde iba;

Después de ver el mundo en apariencia,

De tanto repetir la misma historia

O tanto comulgar contra mí mismo,

De pronto me he sentado, he lamido mis heridas

Y todo el paladar ha recobrado su memoria.

-No sólo es el dolor el que me guía,

En mí también converge, junto a él,

Cierta esperanza-.

27 febrero, 2012

Mi artículo de hoy para El Periódico de Huelva

LLAMO A LA GUERRA
Querido lector, yo te llamo a la guerra. Te insto a salir a la calle y hablar, a dejar de mirar hacia otro lado y gritar en alto lo que luego, en familia, siempre terminas maldiciendo -¿para qué nos sirve eso a estas alturas?-. Te insto a poner a cada cual en su sitio Sí, no te asustes. Te llamo a la guerra. A la guerra entendida como el único medio posible para lograr cierta moralidad, cierto respeto a la vida –en su más amplia gama de variedades-. Porque ¿sabes? la guerra es necesaria. Siglo tras siglo de malas interpretaciones se nos ha hecho creer en ella como en un monstruo con cabeza y manos asesinas; sin embargo, es ese mismo monstruo el que camina suelto por las calles, las vías, los hoteles frente a ti, lector, quejica y pusilánime. Llamo, desde aquí, al recoloque. A ese situar a cada cual donde de veras corresponde. Pero ¿cómo? te estarás preguntando. Es sencillo. Bastante más de lo que parece. ¿Cuántas veces no has visto a un sinvergüenza –chavales para algunos-  reírse de cualquier otra persona? ¿No has visto destrozar el mobiliario, romper las papeleras, quemar contenedores, tirar basura al suelo –las gracias de muchachos, dicen otros? ¿Cuántas veces te has callado al ver pasar a un par –mala ralea- frente a cualquier escaparate pintándolo, poniendo en él su sello? ¿Te gusta la manera en que otros pocos se pasan por el moño el trabajo de otros muchos? Yo, lector, hoy he visto a un hombre –a un desalmado- tratar a su perro como a un saco de bellotas. Estaba borracho –hay personas que no encuentran otro modo de seguir maldiciéndose a sí mismos- y al ver lo que ocurría he sentido un profundo sentimiento de desprecio e impotencia… ¿Por qué? Intuía en lo más hondo que hablarle era cavar la propia fosa de mí mismo y su mascota -¿aún más baja?-. He callado, lo he mirado como quien juzga al demonio y, al llegar, me he jurado a mí mismo que esta –he dicho en alto- era la última vez. El ser humano ha perdido la cabeza, la cordura, el amor por sí mismo y sus iguales –cualquier ser vivo o inerte-. Por eso es que te llamo, junto a mí, a esta pelea. Me niego a seguir viviendo con el mismo miedo inútil a todo aquel que se dice ciudadano, ser “electo” de este absurdo en que uno existe. ¿Cuánto más es necesario para que el mundo despierte de esta siesta de feliz indiferencia?
#lohehecho

12 febrero, 2012

Mi artículo para El Periódico de Huelva

“Y QUÉ ME DA A MÍ EL SISTEMA SOLAR”

Propongo un cambio en los planes de estudio –o en los atlas-. Sí. Sugiero que ahora, desde ya, comiencen a decir que el mundo –de nuevo- vuelve a ser como el cilindro de Anaximandro, de superficie plana y circular -¡qué tontería! ¿verdad?-. Más fácil, algo así como una pista de tenis y, además, con dos partes bien diferenciadas –sean las que fueren. Sólo dos-. Un equipo y otro. Una ideología y otra. Un líder y otro. Un aliado y otro. Una salida y otra diferente. Un propósito y otro. Una tendencia y otra. Un trabajo y otro. Una pareja y otra. Un recorrido y otro. Una profesión y otra. Dos lados. Sólo dos. Aquí o allí. ¿Les parece exagerado, fuera de lugar, tremendista? A mí, sinceramente, no. Me parece –que diría un colega- realista-. A los chavales hay que hablarles de verdades, de la realidad sin tapujos y esto –párense a pensar- es lo que hay: dos bandos, dos historias, dos maneras de enfrentarse a casi todo. Aquí, en este santo país, se es del Betis o del Sevilla, del Madrid o del Barça; rojo o azulito oscuro; santo o pecador sin par; consciente o un absoluto cero a la izquierda; pudiente o miserable; “capitalita” ilustrado o cateto a la deriva; reformista o conservador acérrimo. Y, en estas ¿alguien se ha parado a pensar cómo sería sentarse justo en medio de la red? Obviar los paradigmas de bonanza, lo que se tiene que ser porque así lo manda el Papa; lo que cada cual cree de sí porque lo ha mamado sin plantearse si aún le sirve; desechar el falso espíritu de grupo para ciertos temas mientras uno mismo esté desatendido; el “este es el malo y nosotros los buenos”; todos los “así se hace” y el “tú tienes la culpa”. Estoy cansado de indignados de izquierdas y de falsos de derecha que se frotan las manos a la espera de marzo –o del paquete-. Cansado de las quejas a porrones en las redes y las conversaciones vacías –siempre desde un lado de la pista, claro está-. De trapos sucios, juicios a deshora… Garzonistas, Bardenistas e intereconomistas. Cambiar los planes de estudio quizá no sea suficiente. Harían falta siglos de tragedias para que “el dos” ya no se baste y, entonces -sólo entonces- lo importante ya no sea la diferencia.

04 febrero, 2012

Mi artículo de hoy para El periódico de Huelva

ESO NO SE HACE

Hay una generación de padres perdida. Una generación que, por no pecar de intransigente, peca de manejable, de humilde servidora de sus pequeños tiranos. En el hecho –tan conocido por todos- de no querer repetir lo que nos hizo daño, hay –como en todo sistema deficitario- alguna laguna que otra. Que no comulgases con la figura de un padre –o una madre- castrante, autoritario, absolutamente negado para la comunicación, frío… Un padre –o una madre, repito- del “esto es así porque yo lo digo y aquí no hay más que hablar”, del “por cojones”; a favor, en todo caso, de las bondades de aplicar la filosofía del terror, de la intimidación; no significa que ahora que es tu turno, actúes como si el niño -cualquier niño- tuviese el superpoder de la autogestión y, de repente, “porque la libertad es muy importante” ya no necesite norma alguna. No tengo muy claro el grado de consciencia real de la parejita que decide “ser padres”. A veces siento que “lo caprichoso” se ha transformado en un estado demasiado amplio: “quiero esto,  lo quiero ya y de consecuencias ni hablamos”. Un niño no crece ni se educa por generación espontánea –como las setas-. Un niño necesita de modelos, de normas, de atención. Y, sí, por supuesto, también necesita sentirse libre pero eso –créanme- viene luego porque un niño -¡padres del mundo!- es esencialmente libre desde el comienzo. Podría poner mil ejemplos de impostura, de dejadez, de pasotismo pero sólo me referiré a uno porque se ubica en lugares de culto, es decir,  bares. El procedimiento suele ser el siguiente: llegar con los amigos, sentarse tranquilamente como si se viniese solo -¡vida de solteros!-, soltar a los tiranos donde gusten y proseguir horas horas como si el bar –con su camarero, sus cocineros, sus clientes y yo  misma- no fuese bar sino bombona de oxígeno para el “cansado padre o la cansada madre” que le cede el testigo a todos los anteriores: “ahí lo llevas”. Y, claro, se le puede decir al niño que deje de tirarle piedras al pobre gato de la tapia, que no gaste los servilleteros embarcando bolitas en los vasos ajenos, que no corra por entre las mesas, que deje de tirar el avioncito -que ya le ha dado tres veces en la espalda a la morena-, que no gaste más cañitas para beberse el quinto refresco, que dejen lo del papel higiénico para otro día… Sí, todo eso se le puede decir al niño pero ¿quién le dice a ellos que así, “muy señores míos” no? Así no”.

30 enero, 2012

Siempre fui desordenada...




Hay, en el intento de explicarse,
un serio y repetido mecanismo:
primero está quien piensas que ahora eres
y luego está quien ellos creen que existe.

29 enero, 2012

Mi artículo para El Periódico de Huelva

SUSTO O MUERTE

¿Se han fijado? Es imprescindible sentir miedo. Estar preparado para cualquier tentativa. Vigilante. Sin tiempo siquiera para meterse las manos en los bolsillos y caminar sin dar más cuenta. “La cosa no está para andarse con chiquitas”, dicen algunos. Como si tal afirmación fuese algo nuevo o como si, de antes -le pese a quien le pese-, no existiese eso que llaman la amenaza soterrada. Y esto, claro está, troca la perspectiva. La consideración sobre el mundo y sobre uno que, a sus veintiocho años, se plantea –infeliz- si es que de verdad hay que atarse la soga al cuello y tragar con lo que venga, comulgar con lo que digan y no hablar nunca demasiado alto ni decir muchas verdades vaya a ser que se moleste a los de arriba -sean quienes sean-.  Hay, a este respecto, verdaderos especialistas en confundir; en mostrar una realidad aparente que –desde lo que me empeño en creer- poco tiene que ver con la posibilidad –tan denostada en estos tiempos-. Ya no se trata de vivir –repiten esos-, se trata de sobrevivir; no es cuestión de ser paciente, es cuestión de aceptar lo interminable; los mínimos como algo usual; la vocación como utopía; el abuso como contrato; la necesidad como invento; los sueños como anécdotas; la integridad como moneda de cambio; la dirección como tiranía; las relaciones como permutas; la ocupación como condena; la mentira como algo útil…  ¡Venga ya! ¿es lógico, sensato repetir hasta perder la fe y el norte? ¿Es normal arrepentirse y mantener la misma línea?  ¿Conformarse? ¿Darle pábulo a la usura como si el timador fuese el timado? Las tesituras, normalmente, son cosa de dos: quien ordena y quien obedece, quien sugiere y quien afirma, quien hace y quien consiente. Entonces ¿me dicen, por favor, en qué lado se encuentran? ¿En qué generación se han hecho  grandes?  Y, lo que es más importante ¿qué haberes, qué actitud han mantenido por bien de quien se ha ido o quien se acerca? 

26 enero, 2012

Vila-Matas

CADENCIA DE UN HÉROE: LA ESTRELLA







Considerar todo cuanto nos sucede como accidentes o episodios de una novela, a la que asistimos no con la atención sino con la vida. Sólo con esa actitud podremos vencer la malicia de los días y los caprichos de los acontecimientos.



F. Pessoa. Libro del Desasosiego.





Enrique Vila-Matas (Barcelona, 31 de marzo de 1948) decidió –quiero creer que antes de haber nacido- convertirse en el lugar donde la relación se produce, es decir, un sí mismo para el resto pero jamás para él. Ser la linde definitiva entre la palabra y aquello que no se puede pensar. He ahí el principio fundamental y diferenciador que ha hecho de este autor, siempre apartado, la Voz por antonomasia. Ya parecía haberlo definido  Valéry cuando afirmaba –con plural en su caso- que […] siente la necesidad de lo que comúnmente no sirve para nada y percibe una especie de rigor en ciertas combinaciones de palabras completamente arbitrarias para otros ojos. […] No se deja con facilidad enseñar a amar lo que no ama, ni a no amar lo que ama: algo que fue, antes y ahora, el esfuerzo principal de la crítica –desde ahora, porteras de chaqueta y con estudios-.

La vida de un funambulista convencido nunca es sencilla. Por todos es sabido que abrazar disparidades, a más que se comulgue con las mismas –ya sean miles o, simplemente dos, cara a cara- no siempre resulta del todo ventajoso. Los ensayos en el aire… ¿traen de vuelta a un hombre loco? Tal vez. No. Bueno, sí… ¿No son todas respuestas acertadas?

Quizás, desde el comienzo, Enrique pretendiese solamente convertirse en aquel ejemplar de geometría que Duchamp mandó, como regalo de bodas, a su hermana con el único objetivo de que el viento pudiera hojear el libro, escoger los problemas, pasar las páginas y arrancarlas. [Lo vas a destrozar, dijo Rosa. Yo no, dijo Amalfitano, la naturaleza].

Casi todo en la vida,es cuestión del punto de enclave que decidamos tomar ¿no? ¿Es quizás la desolación una de las premisas fundamentales para entender a este creador? Una desolación cuyo refugio no es la luz –como en la mayoría de casos- sino que opta por el hábito vital de no creer en nada. Método a partir del cual acierto entender un estado que, de manera excelente, ya describiese Pessoa al afirmar que en el fondo, lo que sucede es que hago de los otros mi sueño, doblegándome a sus opiniones para así, esparciéndolas por mi raciocinio y por mi intuición, hacerlas mías y (yo, al no tener opinión, puedo tener las opiniones de ellos como puedo tener otras cualquiera) para doblegarlas a mi gusto y hacer de sus personalidades cosas emparentadas con mis sueños.

La excentricidad, sí. Esa periferia a la que tantos teóricos ya se han referido al hablar de su obra y su persona, no existe por contraposición a sus contemporáneos realistas sino que se da en él per se. ¿Acaso es imprescindible tener que ser frente a algo? Los centros no se buscan emparentando o divorciando semejantes sino que, simplemente, caminan de la mano de cada cual. Esos murmullos de súbita desolación a los que se refería Pitol no son, sino, bisbiseos vilamatianos. Nada más. […]Lo bueno de no entender nada es que uno puede entender esa nada como quiera […].

Si escribir es resolver una nebulosa interna, que diría Valéry, nada más aconsejable que la evitación del centro para poder observar desde más arriba –o desde más abajo, o de manera lateral-. Con todo, existe la evitación voluntaria y, de la mano, se encuentra la evitación impuesta por la historia. No una historia de conjunto, no, sino aquella que conforma la esencia última de cada cual. ¿En qué momento dejó Enrique de identificarse con la comedia del mundo y con su propio teatro de iguales? […]Quiero esconderme de todo y de todos, no tener que aparecer más en público, no tener que vivir en medio de las desesperadas intrigas del mundo literario. Quiero la vida de todos esos escritores que admiro porque han logrado seguir escribiendo y existiendo sin ser molestados […]. Las esperanzas frustradas, generalmente, van conformando un carácter que huye de una cara al descubierto para andar tapándola con antifaces a fin de parecer que no se es nadie más allá del maquillaje. […] ¡Cómo la conciencia de no tener un hogar en ningún sitio había logrado paralizarlo y asfixiarlo interiormente! […]

Esa imposibilidad de poder dar cuenta del mundo de manera “total”, a la que ya se refiriese Nietzsche o Musil o el mismo Ayala, ¿no es, sino, la imposibilidad de dar cuenta de uno? Enrique acude, en su obra, al disfraz de lo imposible en el intento de desprenderse de ciertas visiones –heredadas- para intentar acceder a sus propias verdades. Pero, ¿cuáles son esas certezas en medio de tanto simulacro? Kafka, Pessoa, Duchamp, Walser, Valéry, Julien Gracq, Magris, Musil… ¿paradigmas del deseo de ser algo, de re-conocerse a pesar de lo aprendido y a pesar de ciertos tiempos de mentira desatada o, quizás, una simple muestra de las ganas de desaparecer diluido en un mar de letras, ajenas todas? ¿Por qué tanto ocultamiento? A este respecto, Gombrowicz se refería en el prólogo de Ferdydurke a dos tipos concretos de inmadurez: la inherente al ser humano y, por tanto, sana; y aquella otra ficticia, forjada por el temor a crearse a uno mismo, a convertirse en persona mientras el caudal interior aflora y choca contra la realidad. Es un hecho, decía, que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la exteriorización sólo se presta lo que está ya maduro en nosotros. Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima? […] ni la ciencia, ni el arte, ni ningún otro medio de expresión cultural, permite al hombre manifestar por vía directa su propia realidad inmadura, condenada al eterno mutismo. Mas por otra parte, si todos vamos a seguir con esa mascarada obligatoria e inevitable, la cultura irá convirtiéndose en un juego cada vez más mecánico y fragmentario, y por fin perdería todo contacto con nosotros mismos. Para Gombrowicz, el arte es ante todo cuestión de amor… y, en esta tesitura… ¿de qué está enamorado Enrique? ¿Dónde vierte su energía? Quedarse en el continente de su obra nunca sería bastante. Sobra teoría y falta profundizar en un contenido que se repite de manera incansable, casi desde el momento primero: la sobreactuación fingida que, al ser tal, no es sino la sombra ecuánime de su propia realidad. Soy la sombra y soy el cuerpo que la inyecta en este estúpido escenario en el que, cada cual, decidió hace mucho colocarse sus disfraces y hacer como si aquí abajo todo consistiese, simplemente en eso, elegir, en cada momento, los artificios menos pesados con el último propósito de seguir siendo un sin nombre. Porque, como ya afirmase Blanchot, sin duda, escribir es renunciar a tomarse de la mano o a llamarse por nombres propios, y a la vez, no es renunciar sino anunciar lo ausente acogiéndolo sin reconocerlo -o bien, mediante las palabras en sus ausencias, estar relacionado con lo no recordable, testigo de lo no probado, respondiendo no sólo al vacío en el sujeto, sino al sujeto como vacío, su desaparición en la inminencia de una muerte que ya tuvo lugar fuera de todo lugar.
[...]